Vivimos en un mundo de
mercado, que avanza adelgazando identidades, el desafío que padres y docentes
enfrentan en resguardo de los derechos de la infancia. La canción de Diego
Torres (Diego Antonio Caccia), Color esperanza, que fue furor a nivel
mundial, porque, este autor que tomo el apellido de su madre (la famosa actriz
Lolita Torrez), por conveniencia económica, nos enseña que todos queremos que
el mundo cambie, positivamente, por supuesto, a través de su canción, que levanto
tanta plata que se peleó con los otros dos autores de la misma por derechos a
las regalías.
Dejando de lado la incongruencia
ética del cantante con “su canción”, esta tuvo tanto éxito a nivel mundial que un
programa radial nacional, convoco a todas las escuelas del país a enviar
microprogramas producidos pro niños y jóvenes para participar de un concurso.
A través de este proyecto
se buscaba ponderar el vinculo escuela radio, conocer las herramientas
educativas al incorporar la producción áulica e indagar sobre el grado de autonomía
estudiantil para elaborar discursos y argumentaciones.
El concurso tuvo una gran
respuesta, entre tanto vivíamos la crisis del 2001, frente a los altos índices de
pobreza, un alto índice de los trabajos se mostraba distante a las dificultades
socioeconómicas.
Esta canción fue adoptada
como el himno de la crisis, convirtiéndose en un elemento prioritario en las
escuelas.
Esto es reflejo de la
maquinaria voraz consumista, legitimando relaciones sociales especificas y
dando a la memoria publica un sentido diferente, cimentando valores y estereotipos.
Es necesario indagar la
fuente, a la que acceden los mas jóvenes, y disfrutar de una oferta cultural con
una diversidad de propuestas favoreciendo el análisis, y apropiación de lo
ofrecido.
La escuela y la familia
tienen el desafío de comprender la complejidad del tema.
En América Latina, tuvimos
nuestra propia versión de “Disney”, de la mano de la productora de Cris Morena,
se rompe el esquema familiar de la tv, motivando el consumo. Generando la
figura del niño consumidor, a través de la identificación con los objetos. Integrándolos
en la maquinaria del tener para ser y pertenecer. Lo mismo sucede con los
celulares.
Este proceso toma vigor
en la última década del S.20, la televisión produce mayores efectos
socializadores en las capas sociales y culturales mas débiles.
Los niños asisten a clase
en las pantallas, pero cuando llegan a la otra escuela, es necesario colocar los
conocimientos adquiridos en un contexto social e histórico más amplio.
Si bien en el S.20 se
reconoce la infancia como sujeto de derecho, en el S.21 es imprescindible que
los adultos se responsabilicen de materializar el enunciado anterior.



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